Hace algo más de un año conocí a Caneli.
Apareció una tarde cualquiera, como si el universo hubiera decidido poner una chispa inesperada en mi rutina.
Era (y sigue siendo) una gata callejera, de mirada curiosa y movimientos cautelosos, pero con algo en aquellos ojos que me llamó la atención desde el primer momento: una mezcla de inteligencia, ternura y ganas.
Ganas de confiar, de dejarse querer, de formar parte de algo, aunque fuera por un instante, pero sin dejar de ser ella misma con su libertad y alma salvaje.
Me observó y se acercó con confianza.
Demasiada confianza para tratarse de una gata salvaje con menos de un año.
Pero igual que apareció aquella tarde, a los pocos días había desaparecido.
Era libre.
Pasaron los días no volvía a saber de ella.
Parte de mí pensó que no volvería.
Parte de mí se puso en lo peor, pero dentro de mí sabía que aquel animal libre y salvaje tenía mucho más que las 7 vidas propias de su especie.
Un año después, apareció de nuevo.
Pero algo había cambiado. Estaba más distante, más recelosa.
Como quien ha vivido algo que le enseñó a protegerse más de lo debido.
Aun así, ahí estaba.
Yo exploté de emoción al volver a verla.
Allí estaba, radiante, con aquella mirada aun más sabia y penetrante.
Había crecido. Por fuera y por dentro.
Lo notaba. Lo sentía.
Me agaché despacio, le hablé en tono de bienvenida y la llamé por su nombre.
Me senté en el suelo, mostrándome sin máscaras ni imposiciones.
Solo con presencia, paciencia y respeto.
Y bastó con solo eso.
Con todo eso.
Me miró, se acercó y dejó que la acariciara.
Como si recordara que ya habíamos compartido algo profundo.
Como si quisiera recuperar ese vínculo a pesar del tiempo transcurrido.
La imagen que ves aquí es de abril de 2025.

Y ese momento fue muy especial para mí.
Fue la primera vez que Caneli se subió sobre mí.
Ella eligió ese momento.
No la llamé, no la empujé, no la forcé.
Simplemente vino, se acomodó y se quedó.
Y entonces lo entendí: cuando alguien te entrega su confianza, no lo hace por casualidad. Lo hace porque siente que hay un lugar seguro, un vínculo sincero, una conexión que trasciende el miedo.
Con las relaciones humanas pasa lo mismo.
En cómo muchas veces, que queremos amor rápido, certezas inmediatas, señales claras.
Pero el amor real, el que vale el esfuerzo, se parece mucho más a lo que viví con Caneli.
Se construye con tiempo, con gestos pequeños pero constantes, con presencia auténtica, con el deseo mutuo de estar, de elegirnos, de respetarnos.
Ya sea que tengas pareja y quieras llevarla a otro nivel, o que estés esperando a alguien con quien realmente valga el esfuerzo de construir una vida, o que estés en una empresa en la que sientes que no te valoran, este viaje es para ti.
Porque todos merecemos estar con alguien y en un lugar que encienda nuestros corazones y los abrace no solo porque pueda, sino porque confía.
Gracias, también a ti, por confiar.

Lo sé. En la otra foto salgo más guapo, pero es que en esta, Caneli sale mejor.
